Saltar al contenido
Inicio » Cómo se llama el mago que le falta un brazo

Cómo se llama el mago que le falta un brazo

René Lavand, fallecido el pasado sábado, perdió la mano derecha a los nueve años en un incidente de tráfico.

El pasado día tuve el gran privilegio de ver una actuación de Juan Tamariz, considerado por varios como el más destacable ilusionista de todo el mundo. Recuerdo a Tamariz desde el momento en que, en los años 80, participó en el mítico programa de televisión 1, 2, 3. Y recientemente se me metió en la cabeza que estaría bien ver uno de sus programas directamente. Dio la al azar de que, en el marco del Festival En todo el mundo de Magia de La capital española, hacía un espectáculo en la ciudad más importante… conque reservé una entrada. ¡Qué enorme éxito! Qué increíble espectáculo. Qué entretenido, qué impresionante, qué… mágico. Salí conmovida, después de ver como un señor de prácticamente 70 años entretenía a un público entregado durante más de 2 horas. Pasé gran parte de la actuación boquiabierto, y una sección importante de ella riéndome a carcajadas. El resto aplaudieron como un niño pequeño, como no habían aplaudido en varios años. Vi, con mis ojos, magia. Todavía extasiado con lo que presencié, entré en modo analítico. ¿Qué tenemos la posibilidad de estudiar de Juan Tamariz en el momento en que ascendemos al ámbito a charlar públicamente?

  • Naturalidad: Tamariz en el ámbito es completamente natural. No hay un ademán, una broma, un chiste… que sea forzado. Donde el resto semejan exagerados (“en este momento debo ponerme esta voz; en este momento debo desplazar el brazo de este modo; en este momento debo alzar la ceja”), Tamariz provoca que todo se mueva, que todo parezca estar en su ubicación. No tengo ninguna duda de que el espectáculo fué ensayado mil ocasiones, que todo está definido por adelantado; pero al tiempo está (quizás por exactamente el mismo efecto de haberlo ensayado) tan con perfección pulimentado que resulta natural.
  • Cercanía: hay quienes, aparte de la barrera natural que frecuentemente representa el ámbito en oposición al público, se dedican a alzar una barrera agregada; “Yo estoy aquí arriba, tú andas allí abajo… Yo estoy arriba de ti”. Tamariz es la responsable de romper cualquier barrera. Él es sencillamente uno de nosotros. En su lenguaje, en su actitud… no existe nada que lo separe de él, todo lo opuesto.
  • Humor: el humor es un enorme lubricante para la transmisión de ideas, para conseguir armonía en la comunicación, para dejar huella. El humor relaja, entretiene. Y Tamariz es entretenida, muy entretenida.
  • Movimientos: la aptitud sociable del lenguaje no verbal. Tamariz usa su cuerpo para estar comunicado. No duda en examinar descaradamente su punto histriónico para ir con lo que afirma. Sube, baja, corre, chilla, hace muecas, desplaza los brazos, tira el sombrero… se abre la camisa y enseña el pelo, enseña la calva… y como es natural, toca el violín. Cueste lo que cueste.
  • Expectativa: Recuerdo uno de sus números, con una baraja de cartas. Una pequeña cámara enfocaba su mano mientras que mantenía las cartas, y un display reproducía el instante. En ese instante, miré a mi alrededor; mucho más de mil personas miraban la pantalla. Y lo que mucho más me impresionó: absolutamente nadie podía oír ni respirar. Silencio absoluto, atención total centrada en lo que iba a pasar. Si eres con la capacidad de hacer un instante como ese… verdaderamente has provocado un encontronazo.
  • Participación de la audiencia: El software de Tamariz no es del tipo “yo hablo, tú miras”. Él está regularmente enganchando a la audiencia. No solo con el «Necesito un ayudante», sino más bien cuestionando a la multitud aquí y allí, movilizando al público (recuerdo un instante en el que todos hicimos un «truco de magia» al tiempo…). Pero nuevamente, todo con plena naturalidad, lejos de esos instantes incómodos que en ocasiones se dan en el momento en que alguien insiste “en este momento debes charlar tres minutos con el hombre que tienes al costado”. En tu punto justo.
  • Pasión: se podría meditar que, con prácticamente 70 años y una vida sobre los niveles, Tamariz ha de estar agotada. Que pudiese adoptar una actitud de funcionario en sus recitales: «Vengo, hago lo mío, recibo y me marcho». Lo que vi en el ámbito fue un niño que se encontraba completamente entretenido con lo que hacía. Lo imaginé en su casa, saltando y aplaudiendo toda vez que interpretaba un número. Y esa pasión, ese entusiasmo, es la piedra angular que sirvió como catalizador para todo el espectáculo. Sin pasión, ¿de qué forma se puede emocionar, conmover… hacer llegar? En concordancia, probablemente no todos y cada uno de los temas de todo el mundo se vivan con pasión (¿o no?). Pero si no te encanta lo que afirmas… ¿para qué exactamente subir al ámbito? Es tiempo perdido, para ti y para los que te van a ver.

Autora: Cristina Sardà Pérez

Cristina Sardà Pérez es diplomada en Pedagogía y es ilustradora.

Un amigo de mi padre me ha dicho: «René, vas a poder llevar un balde el resto de tu vida. 2 baldes, jamás». Y creí que si coloco mi cerebro en cubierta y mi corazón en las audiencias de todo el mundo, podría pagarle a alguien mucho más a fin de que cargue los dos baldes por mí.

Lo llevan al hospital, que está cerca. El coche le pasó sobre el antebrazo derecho. Logró explotar todo. “Hay que amputar lo antes posible para eludir la gangrena”, afirma el médico de la región, el Dr. Patané, y no lo vaciles ni un segundo. Actúa veloz. Recortar la parte mucho más perjudicada por el incidente. La mano con la que René hace esos trucos que agradan a sus tías y a la multitud del vecindario. La mejor mano para barajar.

Héctor René Lavandera tiene nueve años. El niño aún no lo sabe, pero para transformarse en artista, su apellido asimismo espera ser mutilado. Un corte glacial en la última sílaba. Justo ahí, en el tiempo pasado del verbo to be.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *