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Cómo se crea una maldición

Una maldición es la expresión de un mal deseo dirigido contra una o múltiples personas que, en virtud del poder mágico del lenguaje, consiguen cumplir ese deseo. Gramaticalmente son oraciones con la modalidad de deseo (lo mismo que bendiciones) con el verbo en subjuntivo.

«Varios tienen la posibilidad de opinar que las maldiciones son algo del pasado, algo designado a ocultar en la mitad de un planeta racional y tecnológico. Pero la creencia en las maldiciones, como todo lo relacionado con los sustratos mucho más profundos de nuestra psique, toma formas novedosas y multiformes, e inclusive está relacionada a nuestra tecnología aséptica.

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Esclavos de coltán

Manguredjipa, a mucho más de 450 km de Goma, es un sencillo pueblo situado en la zona de Kivu del Norte. No posee centros de salud, ni academias, ni hoteles… en honor a la verdad, prácticamente no posee atractivos, salvo uno: una mina de coltán. Que en la República Democrática del Congo son expresiones mayores.

Jornadas de trabajo de sobra de 14 horas en la mina por un euro

¿Pero las maldiciones hay o son solo un cuento?

A conocer. Pongamos todo en su rincón. Las maldiciones no las ideamos los gitanos. Las maldiciones son cosa de los gadchés (payos) y hay desde el momento en que la raza humana cruzó las fronteras de la prehistoria. En el Museo Arqueológico de Atenas, puedes observar una vieja maldición griega redactada en una hoja de plomo 400 años antes del nacimiento de Jesucristo. Se han anunciado cientos y cientos de libros y también indagaciones sobre este accionar particular de los humanos. Y la historia exhibe, o eso semeja, que las maldiciones no solo prosiguen estando, sino se ven sus efectos malévolos.

Examiné la lista de las maldiciones mucho más conocidas o de mayor encontronazo en la sociedad y quedé impresionado. Ciertos afirman que la maldición mucho más conocida de la historia fue la lanzada por Jacques de Molay, el último Enorme Maestre de los Templarios, contra Felipe IV de Francia y contra el Papa Clemente V. Desde la hoguera, en el siglo XIV, el popular Templario deseó por la desaparición de los dos individuos y las mayores desgracias para sus familias. Ciertamente, tras un año fallecieron el Rey y el Papa y después, de manera escalonada pero inmediata, los tres hijos del Rey, lo que significó la extinción de una dinastía que duró mucho más de 300 años. Y el pobre Jacques de Molay no era gitano. Era un gadcho fundamental.

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